¿Por qué la Iglesia invita a la Confesión?

Ma. Estela Monterrosa
mmonterrosa@elecocatolico.org

El sacramento de la Penitencia o Confesión es el sacramento instituido por Jesús para borrar los pecados cometidos después del Bautismo. Es, por consiguiente, el sacramento de la curación espiritual, llamado también sacramento de la Conversión, porque realiza sacramentalmente el retorno a los brazos del Padre después del pecado.

De acuerdo con el Catecismo, quien peca lesiona el honor de Dios y su amor, su propia dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios y el bien espiritual de la Iglesia, de la que cada cristiano debe ser una piedra viva. Y advierte que, a los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero (1487- 1488).

Así, volver a la comunión con Dios, después de haberla perdido por el pecado, es un movimiento que nace de la gracia de Dios; la conversión y el arrepentimiento implican un dolor y una aversión respecto a los pecados cometidos y el propósito firme de no volver a pecar (1489- 1490).

El sacramento de la Penitencia está constituido por tres actos: el arrepentimiento, la confesión y la disposición de realizar la reparación y las obras de penitencia. Con ello, la persona se sabe liberado de la pena eterna contraída por los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales. Además, obtiene la paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual (1496).

“Reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del término… Esta es una ley general que cada cual ha de seguir en la situación particular en que se halla. En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión solamente en términos abstractos”, explicó Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica post-sinodal “Reconciliatio et Paenitentia”.

Vale recordar que en la remisión de los pecados, los sacerdotes y los sacramentos son meros instrumentos de los que se sirve Jesús, único autor y dispensador de la salvación (Catecismo 987).

Confesión, Evangelio y doctrina

En el Evangelio se presenta a Jesús como “el que salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1, 21). Es Jesús mismo el que perdona al paralítico y a la pecadora. Él comunica su poder de perdonar a sus apóstoles, a la Iglesia: “A quien perdonéis los pecados, le quedan perdonados” según el Evangelio de Juan 20, 23.

Así, la Iglesia, en el nombre de Jesús, otorga el perdón por medio de sus ministros, tal como lo hacía Jesús.

En el Concilio de Trento, en el año 1551, se reiteró la fe de la Iglesia: la confesión de los pecados ante los sacerdotes, es necesaria para los que han caído gravemente después del Bautismo.

¿Qué se debe confesar?

Según el Catecismo, para obtener la reconciliación con Dios y con la Iglesia se deben confesar al sacerdote todos los pecados graves que no se hayan confesado antes y los que se recuerden en el examen de conciencia. Y, aunque no es necesario, se recomienda la confesión de las faltas veniales (1493).

De acuerdo con el Papa Juan Pablo II, se llama pecado mortal al acto mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone. Esto puede ocurrir de modo directo y formal, como en los pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de modo equivalente, como en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave.

“El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de destrucción”, afirmó Juan Pablo II.

Al acudir al sacramento, los fieles deben contemplar la vida de Jesús y su amor manifiesto en Su Cruz y preguntarse: ¿Como he respondido a tanto amor, a tantas gracias? Y así examinar su vida ante la ley de Dios.

Una labor difícil, pero hermosa

El Catecismo establece que sólo los sacerdotes autorizados para absolver pueden perdonar los pecados en nombre de Cristo (1495). Esta tarea, afirmó Juan Pablo II, es, “sin duda, el más difícil y delicado, el más fatigoso y exigente, pero también uno de los más hermosos y consoladores ministerios del sacerdote”.

El beato consideraba que para un cumplimiento eficaz de tal ministerio, el confesor debe tener necesariamente cualidades humanas de prudencia, discreción, discernimiento, firmeza moderada por la mansedumbre y la bondad. Así como una buena preparación en las diversas ramas de la teología, pedagogía y psicología, en la metodología del diálogo y, sobre todo, en el conocimiento vivo y comunicativo de la Palabra de Dios.

“Pero todavía es más necesario que él viva una vida espiritual intensa y genuina. Para guiar a los demás por el camino de la perfección cristiana, el ministro de la Penitencia debe recorrer en primer lugar él mismo este camino y, más con los hechos que con largos discursos, dar prueba de experiencia real de la oración vivida, de práctica de las virtudes evangélicas teologales y morales, de fiel obediencia a la voluntad de Dios, de amor a la Iglesia y de docilidad a su Magisterio”.

 

 

Fuente elecocatolico.org

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