Una celebración especial: Pero una Eucaristía dominical

La de hoy es una celebración especial, pero no demasiado. Es una Eucaristía dominical en la que se subrayan dos momentos: la procesión de entrada y la proclamación de la Pasión. La procesión, con cantos en honor de Cristo que empieza su subida a la Cruz, es ya la entrada de la misa (aunque el Misal ponga el título de “Misa” para lo que sucede en la iglesia). En cada Eucaristía acompañamos con el canto la entrada del presidente, representante de Cristo, el auténtico Presidente y Sacerdote de la comunidad. Hoy, de manera especial, el sacerdote visibiliza al Cristo que entra en Jerusalén, dispuesto a dar cumplimiento pleno a su misión. Todo está centrado en Cristo. Lo aclamamos en tono de victoria: él entra en su semana decisiva como el Siervo que se entrega, pero la terminará resucitado por el Espíritu a una nueva existencia. Hoy, caminando de un lugar a otro, mostramos que también nosotros le seguimos y nos dirigimos a la Pascua con él. En la celebración de la Palabra, la nota especial es la Pasión, este año según Mateo. Su proclamación hay que cuidarla muy bien. Se trata de que el mensaje de estas páginas dramáticas llegue en las mejores condiciones posibles a todos los fieles y en todas las misas. Si parece que favorecerá la escucha más atenta, se puede invitar a la comunidad a que se siente. Del mismo modo, si va a ayudar a asimilar la mejor, se pueden intercalar unas breves aclamaciones cantadas. En esta Semana Santa tenemos que preparar con un cuidado mayor las celebraciones: los ministerios, el repertorio de cantos, los varios ritos que van a ser especiales y también los que son los de siempre, pero que en estos días tienen particular sentido.   EL SIERVO DE DIOS SE ENTREGA POR TODOS   Las lecturas nos centran en el modelo del camino pascual, CristoJesús, que va a pasar, a través de la muerte, a la nueva vida: el Siervo de Yahvé, solidario con sus hermanos, que se entrega hasta la muerte, y así salva a toda la comunidad. La 1a lectura nos hace escuchar el tercer canto del Siervo de Yahvé. Sin detenernos mucho en la exégesis de este poema, debemos hacer ver las actitudes del Siervo que anuncia Isaías y que cumple perfectamente Jesús: las dificultades, persecución, golpes e insultos que encontrará en su camino, y su confianza en Dios, que le permite ser fiel hasta el final. Para que aprendamos también nosotros y tengamos ánimos: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban… para saber decir al abatido una palabra de aliento”. En la 2a lectura, san Pablo nos presenta con otro “himno” cómo Cristo ha bajado, en su solidaridad con nosotros, hasta la renuncia total y la humillación de la muerte (movimiento descendente), pero ha sido elevado por el Padre hasta la gloria (movimiento ascendente). Pascua significa eso: el “paso” por la muerte a la vida. Pablo nos lo dice para animarnos a que nuestro programa de vida sea el mismo que el de Jesús. El evangelio de Mateo es la cumbre del mensaje de hoy: la comunidad escucha una vez más, desde la fe y la admiración, el camino que ha seguido Jesús a la cruz y a la resurrección. Un camino serio, solidario, prototipo de todo el dolor de la humanidad y también del estilo con que Dios ha asumido nuestro mal y nos ha querido salvar por el perdón y el amor. Volver ACOMPAÑAR A CRISTO EN SU PASCUA Las tres lecturas nos muestran la seriedad del dolor de Cristo, y de su aceptación de la cruz. El salmo nos ha hecho decir juntamente con él: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, expresión dramática de la soledad y del dolor de un moribundo que se siente olvidado incluso por Dios. Cristo se ha solidarizado con nuestra condición humana hasta la profundidad de la misma muerte. Pero en las tres hay también un tono de esperanza. El Siervo se siente apoyado por Dios: “Mi Señor me ayudaba… y sé que no quedaré avergonzado”. En el poema de Pablo se asegura: “Dios lo levantó sobre todo…”. La pasión que leemos tendrá su complemento en la gozosa proclamación del evangelio en la Vigilia Pascual, en la noche del 3 al 4 de abril. Tres aclamaciones marcan esta semana: desde el “hosanna” de hoy, pasando por el “crucifícale”, hasta el gozoso “aleluya, ha resucitado” de la noche pascual. Tres palabras que retratan el camino de Jesús y que nos dan ánimos a nosotros para el nuestro. Acompañar a Cristo en su Semana Santa supone los dos aspectos: la muerte y la resurrección, el dolor y la alegría, la entrega y el premio. Somos invitados, desde hoy, no sólo a meditar y orar este misterio de la Pascua, sino a vivirla en nuestra existencia, aceptando con fidelidad lo que pueda comportarnos de esfuerzo el ser cristianos y alimentando una confianza absoluta en el Dios que es Padre lleno de amor, y cuyo última palabra no es la muerte, sino la vida, como en Jesús. Si le acompañamos a la cruz, también seremos partícipes de su nueva vida de Resucitado. J. ALDAZÁBAL MISA DOMINICAL 1999, 5, 7-8 www.mercaba.org

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